OPERACIÓN AURORA / Escena 3: GUERRA DE FRECUENCIAS

POR: H. ELIEL PÉREZ CERVANTES

Al cambio en los colores de la iluminación le siguió una serie de “sonidos” ambientales que, desde los potentes altavoces, llenaron todo el laboratorio. Más que resonar en los oídos, eran vibraciones que podían sentirse en todo el cuerpo. Samar, con un brillo de entusiasmo en los ojos, señaló hacia el origen de la frecuencia.

— Es la sonificación de las frecuencias de ondas de radio, plasma y emisiones electromagnéticas de ambos planetas. Es precioso, ¿no crees?

— Celestial. Literalmente —dijo el doctor Green, sentándose en un cómodo sofá reclinable y cerrando los ojos. Se tensó un instante, sorprendido de sentir las vibraciones, además de en el pecho, también en la mandíbula y detrás de los ojos. Era como si las frecuencias lo traspasaran.

Samar se descalzó con movimientos fluidos y, caminando delicadamente, se dirigió hacia donde, al sentarse en un cojín de finos adornos bordados, formó con Naira y el doctor Green un triángulo equilátero.

Cerró sus ojos y adoptó la posición de flor de loto, relajando su rostro y respirando lenta y profundamente. Al cabo de diez segundos, los tres ya lucían una sonrisa en el rostro que denotaba el gozo producido por el armónico pulsar de las ondas planetarias.

De pronto, comenzaron a escucharse las cuerdas de un sitar en tonos que evocaban una sensación de melancolía y majestad. Los tres abrieron los ojos, gratamente sorprendidos; las notas del sitar hacían un acompañamiento dulcísimo a los tonos emitidos por los planetas.

Sin decir palabra, volvieron a cerrar los ojos y se dispusieron a dejarse sorprender por lo que sea que estuvieran a punto de escuchar.

Samar sonrió y abrió los ojos para dirigirlos a un monitor instalado en el techo. Ella misma es una virtuosa sitarista, así que de inmediato notó que las frecuencias de ambos planetas se encontraban en notas muy específicas.

Por un lado, Saturno sonaba en un Fa sostenido, ligeramente bajo y profundo, que oscilaba en el rango de los 90 hercios y reverberaba en la boca del estómago. Mientras que Júpiter “sonaba” en un Do central, en el rango de los 130 hercios, que vibraba dulcemente en el pecho.

Contuvo un grito de emoción por la idea que surgió en su mente. Miró a su alrededor para localizar sus audífonos de diadema, corrió hacia ellos y se los colocó, enlazándolos a la fuente de los altavoces del laboratorio sin que estos dejaran de sonar.

No tardó en darse cuenta del efecto y buscó con cara de asombro la mirada del doctor Green; pero este estaba embelesado, escuchando el sonido “superficial” de los planetas que, por sí mismo, era hermoso, pero escondía un secreto en la combinación de sus frecuencias. Así que se le acercó sigilosa para ponerle sus audífonos cuidadosamente.

El doctor reaccionó con suavidad y se dejó poner los auriculares. Al cabo de unos minutos, asimiló el mágico efecto. De pronto, sintió cómo la pesadez en el abdomen y en el pecho se desplazaba “hacia arriba”, al tiempo que experimentaba un hormigueo eléctrico detrás de los ojos y en la frente; luego de lo cual experimentó una sensación de lucidez y conexión con todo cuanto le rodeaba.

Pronto se dio cuenta de que la combinación disonante de ambas notas —Saturno sonando en Fa sostenido en el audífono derecho y Júpiter sonando en Do central en el izquierdo— producía una tercera nota “dentro” del cerebro que oscilaba en el rango de los 40 hercios.

Abrió los ojos con asombro, llevándose las manos a la cabeza. Se quitó los audífonos y lentamente se los colocó a Naira, quien apenas abrió un instante los ojos, asintió y continuó escuchando, concentradísima.

— ¡Ondas Binaurales! —dijo Green con asombro.

— ¡Música para inducir ondas gamma! Ahora entiendo la relevancia de Júpiter y Saturno y el efecto de la gran conjunción en los humanos, particularmente en los Homos Nexus.

Ambos continuaron escuchando la música planetaria en resonancia con las notas del sitar. El doctor Green recordó a Numeroide y se dirigió con urgencia a Samar, tomándola ligeramente del brazo.

— Decodifica el área de broca de Macu. 

Samar se dirigió a su monitor principal y le ordenó a los nanobots del cilindro en el que se encontraba Macu —en algún lugar oculto del laboratorio— que amplificaran sus ondas cerebrales y las dirigieran decodificadas al sistema de sonido. Hecho esto, se dirigieron a escuchar como estaban antes, junto a Naira.

«ESCUCHA EL PULSO»

El rugido electromagnético de Júpiter y los sonidos fantasmales y ondulantes producidos por los anillos y auroras de Saturno resonaban con las notas agudas del sitar. Mientras tanto, el hilo dorado de la voz de Macu comenzó a sonar en el laboratorio y directamente en el corazón de los tres oyentes:

Escucha el pulso en el vacío, donde Júpiter danza con el tiempo.

Saturno dicta el orden del frío, y el sol nos regala su aliento.

No somos islas de carne y hueso, somos notas en un pentagrama sideral,

giran los astros en un beso de geometría sagrada y luz orbital.

Vasudhaiva Kutumbakam… (El mundo es una familia)

Bajo la piel, el mismo universo; en la mirada, el mismo lucero.

Somos el canto, somos el verso; un solo latido, un solo sendero.

Vasudhaiva Kutumbakam… (El mundo es una familia)

La red del pescador se expande. El niño azul dice su verdad:

“Nada hay abajo que arriba no ande: ¡Somos la danza de la unidad!”

Aham Brahmasmi! (Yo soy el Universo) ¡Aham Brahmasmi!

No hay fronteras en el cielo, no hay muros en el mar,

un solo latido ya empieza a sonar. ¡Despierta, hermano, deja de callar!

Justo en ese momento, un potente beat se mezcló con la armonía y la voz de Macu cambió su tono suave a uno más grave y determinado. Casi marcial.

¡El tirano dibuja muros de arena!

Nos quiere en el rojo del miedo y la guerra. Pero el oro en la sangre rompe la cadena. Y el eco del niño despierta a la tierra.

Asato Ma Sadgamaya… (Llévame de lo irreal a lo real)

¡Que las bombas y disparos sean un mal sueño! Las sombras que el sol de la mente deshace.

¡Que del destino volvamos a ser dueños! ¡Y la esperanza al miedo con su luz desplace!

La música sube de intensidad, el sitar se entrelaza con con un beat que simula el latido de un corazón.

Tamaso Ma Jyotirgamaya… (De la oscuridad a la luz) 

Siente el brillo, siente la cresta. La Noosfera vibra, la vida es la orquesta,

Pon en alto tu nombre, no hay un número impuesto. Hay un alma radiante que ha decidido ver,

El futuro es ahora, el futuro es esto:

¡La voluntad de nacer y ser!

La música se va desvaneciendo en un tono de campanas tibetanas y el sonido del viento… los sonidos de los planetas hacían ya la función de un coro celestial. De entre el canto de ambos la voz de Macu sobresalía para recitar amorosamente:

 Om mani padme hum… 

El oro vence al rojo. La paz vence al control. 

Todos somos uno… 

Unidos por la luz del mismo Sol.

Cada uno a su manera fue saliendo del trance producido por la música. Samar unió sus manos frente a sus labios y luego las subió a su frente, donde las mantuvo un momento en señal de respeto. El doctor Green abrió los ojos después de un largo y profundo suspiro y la pequeña Naira, luego de encogerse como para acumular energía, gritó:

—¡Wah! ¡Maza aa gaya! —y agitó sus manitas con un ritmo frenético, a lo que le siguió un prolongado bostezo y una carrera escaleras arriba sin despedirse.

— ¡Adiós, Naira! Ya me… voy —dijo el doctor con la frase a medias y volteó a mirar a Samar, a quien tomó de las manos y apretó en un abrazo—. ¿Puedo verla? ¿A Macu?

— Alterarías su flujo neural —respondió Samar, negando suavemente con la cabeza—. Como podrás ver, está componiendo. Ya sabes: “todo es influido si es observado”. Pero debes saber que se encuentra bien. Volverás a verla, seguramente —dijo, dirigiendo su mirada hacia una enorme pared al fondo de su laboratorio, como si detrás de ella se encontrara la persona en cuestión—. Ten paciencia.

— Entiendo. Sí. 

— Todos verán a los sujetos al menos una vez en su vida; ese es su propósito: ser vistos. Porque al ser vistos sintonizaran la mente de quienes los ven… 

— ¡Qué increíble es esta hibridación de la evolución humana! —exclamó Green, frotándose las manos con asombro—. Es como si con ellos la Naturaleza nos dijera que un patrón de pensamiento y de comportamiento cooperativo es indispensable para que la sobrepoblación de nuestra especie en este planeta no resulte en caos, agotamiento de los recursos naturales y, finalmente, en el colapso civilizatorio. Dile que la amo.

— Lo sabe. Pero sí. Se lo diré. Frecuentemente se acuerda de ti. Aún conserva entre sus libros favoritos, en la cabecera de su cama, la separata de Mendel que le regalaste el día que salió de México, sobre sus “Experimentos Sobre Hibridación de Plantas”.

— Dárselo cierra un círculo histórico y científico precioso. Si Mendel supiera hasta dónde está llegando su investigación… ¿Te imaginas?

— Sí… Me lo imagino… constantemente —dijo ella y miró hacia un cuadro en el que podía verse a Gregorio Mendel en su juventud.

El doctor Green se acercó al retrato y pasó un dedo sobre la incrustación de unas letras doradas que decían: “Naturforschender Verein” (Sociedad de Investigadores de la Naturaleza).

— Al mío ya se le han caído varias letras. El tiempo… en fin —dijo, encogiéndose de hombros—. Debo volver. Elian saldrá del cilindro esta noche.

 — ¿Cómo está? ¿Sigue en ese loco “experiMente” suyo?

Green asintió, su rostro barbudo fruncido en concentración. 

— Sí, pero va más allá de lo que imaginaba. Esta decodificando… el andamiaje completo. Esta viendo el Dispositivo en acción. Todo el sistema. El Hexxagon.

Samar ajustó un dial en su consola, sus ojos afilados, a los que llegó la pícara sonrisa de sus labios. 

— ¿Te refieres al dispositif de Foucault? ¿Creado por obra y gracia del Hexxagon? ¿Esa red heterogénea que articula poder y saber, financiado por la City de Londres? ¡Vaya! Después de todo, el antiguo estudiante de Ciencias Políticas no olvidó sus lecturas universitarias —dijo, y trajo a su memoria la imagen de aquel joven divergente en sus participaciones en clase y en las pláticas con sus amigos en su departamento junto al campus de cierta universidad pública en México. Monitoreadas a distancia por la joven científica desde el búnker de la Orden en la India.

— Exacto —respondió Green—. Si lo conociste en esa época, lo conociste en pleno brote psicótico, causado por el consumo continuado de marihuana. Pero antes de perder el control de su experimento, Elian llevaba ya varios años analizando la ‘Ingeniería Social’ no sólo como una estrategia del sistema, sino como un dispositivo vivo. Se sumergió en él… y perdió, obviamente.

Green se detuvo un momento y activó el cronómetro de su reloj de pulsera.

—Ahora, después de salir del inframundo de las adicciones, está viendo cómo se ensambla todo: cómo el discurso científico se une a la arquitectura —la cárcel, el hospital, la escuela, la fábrica—, las regulaciones y las instituciones para producir no sólo orden, sino una “verdad” específica sobre el individuo y sus trastornos.

Samar ajustó un dial, pensativa, dejando que la información sedimentara.

—Interesante. ¿Pero vas a decirme que “perder el control” fue una etapa “inevitable” del estudio?

—No. Creo que la persona que ahora conocemos como Elian sobreestimó su capacidad de control. Sin embargo, también se aseguró de que yo interviniera cuando fuera necesario. Elian es un científico, Samar. Uno tan comprometido con su objeto de estudio que se utilizó a sí mismo como “conejillo de indias”… No sé si yo hubiera sido capaz de someterme a un riesgo así.

Samar arqueó una ceja, sin despegar la vista de los monitores.

—Sí, pero… ¿valió la pena? ¿Te ha comentado sus conclusiones?

—Es muy reservado cuando sale del cilindro, supongo que porque al estar en él es transparente para nosotros. Lo que nos ha dicho es que la investigación sigue en curso. Ya no con las drogas, sino con el proceso de recuperación.

Green bajó la voz, acercándose a Samar, casi como si compartiera un secreto peligroso.

—Lo inquietante es que cree que las adicciones no son para nada un fenómeno individual, sino más bien el síntoma de algo más siniestro. El rasgo causado por un “diseño” que funciona como el sistema operativo de una sociedad que ha sido educada para la fragmentación, para la competencia, no para la cooperación.

Samar dejó de manipular la consola. El silencio en el laboratorio se volvió denso.

—Él ve un proceso de atomización extremo —continuó Green—. El tejido social está desintegrado por tener a tantos individuos tratando de resolver sus dramas existenciales, manteniéndolos así lejos de los procesos de deliberación social. Multiplica esos casos por millones. Una dinámica así solo puede producir caos. Es una especie de tortura psicológica sistemática.

—Entonces… ¿dónde queda la responsabilidad personal? —interrumpió Samar, tajante.

—No es que un joven no tenga responsabilidad sobre las decisiones que toma en el libre desarrollo de su personalidad, Samar, no creo que eso sea lo que quieren decirnos. Lo que entiendo, lo que dice abiertamente en sus escritos es que, cuando se dan los vacíos de acción en las políticas de Estado, se deja a la población a merced de la probabilidad. Y en un mundo donde imperan las leyes del mercado y no del Estado, “toda oferta genera su propia demanda”, sea cual sea la mercancía.

Samar asintió, encajando las piezas.

—Macu dice algo parecido. Para ella, el fenómeno del narcotráfico es en realidad parte del dispositivo de una guerra psicológica y química llevada a cabo por una entidad supranacional. Lo que ahora conocemos como el Hexxagon. Las drogas que esa industria comercia son en realidad eso: armas químicas.

Si esto es así, y los Estados Nacionales no despliegan estrategias para proteger a su población, entonces son cómplices, conscientes o no, de la trama en su conjunto.

La juventud es inducida a propósito, aprovechando los vacíos de Estado, al consumo de drogas para mantener a los países en vías de desarrollo en el caos y la dependencia… Tenemos que hacer algo, Green. —dijo Samar a Green mirándolo a los ojos.

El reloj de pulsera del Doctor Green emitió el pitido de una alerta recibida desde su laboratorio.

— Sí. Pero por ahora debo irme. Cuídate.

— Gracias, Green. Verte me ha resuelto varias dudas.

— A mi también. Gracias a ti, hermana Samar. Te quiero.

— Y yo a ti. Salúdame a Elian y a Fitz.

Ambos se dirigieron a la cámara de cronoteletransportación. Se abrazaron con fuerza y se susurraron algo que el que esto escribe no alcanzó a escuchar. El sistema de anillos «sintió» la firma radioeléctrica del doctor Green y ajustó sus parámetros para transportarlo de vuelta a la cámara instalada en México…

Sin embargo, una alerta roja saltó ante la desconcertada mirada de ambos…

CONTINUARÁ…

Oṃ Maṇi Padme Hūṃ

«El despertar de la consciencia divina en el corazón de la imperfección humana.»


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