
POR H. ELIEL PÉREZ CERVANTES
1NTR0:
Universos y Paralelos
Hace mucho, mucho tiempo, los seres humanos habíamos logrado una comprensión de la realidad tal que podíamos orientarla a voluntad, pensando y actuando ColectivaMente.
El Planeta Tierra proveía y provee, pero nuestra especie no abusaba como ahora. Tal realidad llegó a nosotros cuando unos invasores de mundos lejanos vinieron con la intención de someternos y saquear nuestros recursos naturales. Viajaban a bordo de fantásticas naves flotantes; pero, en cuanto pusieron su pie en el continente, lo creyeron suyo.
Traían con ellos avanzadas armas que iban desde conocimientos, explosivos, cañones, filos y escudos de resistentes aleaciones metálicas, hasta invisibles pero devastadores virus, sistemas de creencias y la creencia en un sistema que minaba el cuerpo y dominaba la mente de la población. Cuando las unidades de sus ejércitos se agrupaban, formaban entidades de destrucción que arrasaban lo mismo con pueblos pequeños que con grandes ciudades a su paso.
Los ejércitos de nuestro mundo se desplegaron y combatieron a los invasores tan ferozmente como nuestro sistema inmunológico a sus agentes infecciosos. Sin embargo, su maestría consistió en aprovechar los conflictos internos entre pueblos hermanos. Así pues —con nuestra ayuda involuntaria, el elemento sorpresa y la bajeza diplomática— se impuso su avanzada Tecnología Bélica.
Al cabo del tiempo, nuestros combatientes fueron reducidos a un nivel controlable para ellos. No nos exterminaron por completo porque iban a necesitarnos para explotarnos a nosotros y a la Tierra. Antes de retirarse en sus naves —para nunca irse en realidad— modificaron nuestros genes y crearon una hibridación que sería educada a partir de cero: adiós memoria histórica y, por lo tanto, adiós a siglos y milenios de conocimiento… aparentemente.
A la nueva hibridación de nuestra especie le inculcaron la creencia de que así debían y habían de ser las cosas, y les contaron una y mil justificaciones para tolerar la dominación de la raza humana. Tiempo después, al ver que no lograban controlarnos del todo, utilizaron aparatos muy sofisticados que nos hicieron usar para olvidar, hasta no comprender lo que antes comprendíamos.
Algunos sobrevivientes escaparon llevando consigo partes del conocimiento acumulado durante siglos y milenios. Como siempre, burlaron el cerco del invasor y se esparcieron en todas direcciones, llegando a otros espacios y tiempos; pero anunciaron volver para decirle a su pueblo:
RECUERDA LO QUE ERES

Bhavnagar, India, año 2012
El Maestro Sihs Raedhí, un sabio hindú de Bhavnagar —poblado situado al margen de un enorme lago que se une a lo lejos con el Golfo de Cambay—, caminaba por la playa. Se detuvo un momento, observando cómo el viento agitaba la superficie del agua, formando pequeñas olas y una ligera brisa que le humedecía el rostro.
Sereno y contemplativo, su mirada alternaba entre el lago y el cielo para seguir la trayectoria del sol y la de su ondulante reflejo en el agua. Bajo los tonos del atardecer y el aparecer de estrellas y resplandecientes planetas, los discípulos del maestro lo observaban a lo lejos, sentados en silencio, cerrando un círculo en torno a una fogata de altas y ondulantes llamas.
Cuando, desde la perspectiva de los jóvenes discípulos, el sol se unía con el reflejo de su Maestro en la orilla del lago, pronunciaron —maestro y estudiantes al unísono— un mantra sagrado. De pronto, una vez abierto un luminoso portal y habiendo entrado a él, los átomos de todos los elementos que componían la materia del Maestro Sihs Raedhí se disolvieron en el aire y se elevaron, igual que las chispas emanadas por el fuego.
Simultáneamente, en otro lugar sobre el mismo paralelo 20º latitud norte, se encuentra la península de Yucatán, donde se levanta el majestuoso Colegio de Chichén, en territorio de los Itzaes. Ahí, un numeroso grupo de jóvenes provenientes de diversas partes del mundo se habían dado cita para celebrar su encuentro.
Practicaban una lección de teleplastia, también denominada teleplasma o materialización. Cerraban un círculo en torno al fuego de una hoguera hecha con madera del mismo tipo de árbol que la de los discípulos del Maestro Sihs Raedhí en la India.
Pronunciando el mismo mantra que los estudiantes que estaban en territorio hindú y evocando mentalmente el nombre y la imagen del maestro, la silueta de este se dibujó en el aire con un leve resplandor, acompañado de los primeros rayos del sol matinal.
Mientras tanto, los átomos se fusionaban en partículas elementales, las partículas en moléculas, las moléculas en células, las células en tejidos, los tejidos en órganos y músculos y, simultáneamente, en los textiles que cubrían el cuerpo del Maestro Sihs Raedhí, quien, tras un luminoso resplandor, se materializó.
Sintieron los jóvenes un júbilo intenso recorrer su cuerpo, mismo que contuvieron en el plexo solar al tiempo que intensificaban su pronunciación del mantra sagrado. Habían aprobado una importante prueba. Por ellos corría una fuerte energía, semejante a la que se produce ante las primeras sorpresas o alegrías durante la más tierna infancia; sin embargo, nadie pronunció palabra. No había conceptos que pudieran describir esa experiencia; la luminosa serenidad de sus rostros lo decía todo.
Plano de realidad subyacente
En ese mismo lugar, pero en otro tiempo, los Maestros Mayas o Tlacatecuhtlis de la región del Mayab, consagrados al Magisterio y sacerdocio de Kukulcán, celebraban un poderoso ritual. Extendiendo las manos hacia el horizonte, decían a quienes escuchaban lo siguiente:
—Imaginaos y veréis todos los posibles futuros, recordad y se reflejará el pasado en tu memoria… pero nunca olvides presenciar el presente siendo quien eres aquí y ahora.
Dicho esto, a los jóvenes llegó una visión que les hizo abrir los ojos. Volviendo al presente, el Maestro Sihs Raedhí se dirigió a los Tlacatecuhtlis de este tiempo. Caminaron entre los jóvenes y juntos entraron al Pib Na o casa subterránea, ubicada muy cerca del Palacio de los Guerreros.
Luego de algún sencillo protocolo, salieron para seguir observando a los jóvenes en su profundo estado de Contemplación Cósmica, como es nombrado el ejercicio por medio del cual uno se hace consciente de su presencia en el Universo. Un propósito común los había llevado a ese y a otros lugares del mundo: encarnar a una nueva generación de Guerreros que acrecienten la consciencia y la espiritualidad de sus iguales y también de sus diferentes; es decir, recordar la misión de ser luz combatiendo a la oscuridad.
Macu, una joven de interna y externa hermosura, y luminosa como una constelación, es discípula de Sihs Raedhí y vive temporalmente en la India. Es descendiente del antiguo pueblo mexica. Físicamente se encuentra en el primer círculo de estudiantes hindúes, acompañando el ejercicio de teleplastía del Maestro.
Habiendo encontrado la posición más cómoda, comenzó a respirar rítmica y profundamente, hasta que la oxigenación de su cerebro y de cada una de sus células se manifestó como un hormigueo desde cada una de sus extremidades, recorriendo su cuerpo hasta su cara y frente. Un sinfín de sonidos y dulces aromas percibió en ese instante. Fue entonces que el Yo Interno y milenario de Macu se vio saliendo de sí misma por el punto que tenía pintado de rojo entre sus cejas.
Aún sin abrir los ojos, Macu pudo ver cómo todo lo que había alrededor se desvanecía, como si la plasticidad de la realidad se evaporara.
—Fuera de la sustancia y en plena esencia, solo tienes que pensar en un lugar o persona para estar ahí o con ella, a la velocidad del pensamiento… —recordó que les había dicho el Maestro Sihs Raedhí hacía unos minutos.
Así que pensó en sus amigos del otro lado del gran océano. Y siguiendo la eclíptica (máxima concentración de rayos solares) que en ese momento pasaba por el paralelo 20º latitud norte en dirección opuesta a la rotación de la Tierra, atravesó el mar hasta llegar a la península de Yucatán, México.
Fue así como Macu pudo ver desde lo alto las construcciones de la ciudad de Chichén Itzá y su perfecta distribución; sin embargo, ella no se materializó. —Necesito traer más que la mente de mis células conmigo —pensó.
A la distancia vio al Maestro Sihs y a los Tlacatecuhtlis Kukulcán entrar al Pib Na, y a los jóvenes que ahí celebraban una serie de ejercicios como los que ella y sus amigos llevaban a cabo simultáneamente en Bhavnagar.
Sobre el mismo paralelo 20º, pero a 03’ latitud norte, se encuentra el Colegio Tolteca de la Ciudad de Tollan II (actual Tula, en el estado de Hidalgo). A ese punto habían llegado, de varias escuelas primarias, niños de entre 11 y 12 años de edad, quienes al recorrer con fascinación los vestigios arquitectónicos de esa grandiosa civilización, sin saberlo, participaban en lo que estaba pasando en ese y en otros lugares al mismo y en otros tiempos. Macu los pensó sagradamente.
Sonrió y prosiguió su recorrido sobre el paralelo 20º latitud norte. Mas al ir girando la Tierra, la eclíptica se fue desplazando en dirección sur hacia el paralelo 19º36’, hasta llegar al colegio, templo y conjunto de aparatos astronómicos (pirámides) de Teotihuacán. Luego, como si imitara el ondulante movimiento de una serpiente, curvó su vuelo hacia el paralelo 19º11’N, elevándose sobre la volcana llamada Iztaccíhuatl, para después, en el 19º1’N, encontrarse con la cima del volcán Popocatépetl.
Macu supo entonces que estaba por ver a sus amigos. Así pues, dirigiéndose al paralelo 19º26’06’’N, llegó al Templo Mayor, en el centro de la actual Ciudad de México. Se presenció a ras del suelo y, en señal de respeto, «tomó tierra» (tocó el suelo y se besó la mano). Ahí, ocultos a plena vista, más grupos de jóvenes llevaban a cabo ejercicios semejantes a los que se realizaban en Teotihuacán, Tula, Yucatán y en Bhavnagar.
En ese complejo arquitectónico del centro de Tenochtitlán se erige el Templo de Huitzilopochtli, sede de un antiguo colegio dedicado también a la formación de Guerreros. En ese punto, Macu fue alcanzada por la esencia del Maestro Sihs Raedhí, quien se apareció a su lado, tomándola por sorpresa.
—¿Recordando lo que eres, Macuilxochitzin? —preguntó él con voz suave. —¿Puede verme?… —exclamó ella, sobresaltada. —¿Por qué no habría de poder, si eres visible? La luz es visible en todos los planos —dijo él sonriente, haciendo un gesto de asentimiento—. Está bien volver al origen, esa es la idea: llegar hasta donde tus ideas te lleven.
Macu vio a su alrededor recordando otras ocasiones en las que había estado ahí. Suspiró y se concentró en cada detalle del lugar, hasta que se quedó contemplando una rara pero muy nítida inscripción etérea: un conjunto de símbolos enorme en la pared de una de las pirámides del Centro Ceremonial.
—Observa, Macu —continuó el maestro, señalando los glifos—. Es grandioso que aún haya guardianes de las tradiciones milenarias. Por todo lo que ello implica, pero sobre todo porque no estamos solos. Unos creen que nada hacemos, otros que nada somos y, sin embargo, aquí seguimos. Siendo otros sin dejar de ser nosotros.
Macu veía cómo el maestro palpaba con devoción una enorme roca circular esculpida por sus ancestros. Él siguió caminando por los angostos pasillos, hablando con una serenidad que parecía llenar el espacio.
—Estamos en un lugar en el que se llevaban a cabo poderosos rituales… —¿De verdad mis ancestros extraían el corazón de la gente para fortalecer al sol? —preguntó Macu, bajando la mirada.
El maestro se detuvo y la miró a los ojos. —Bueno, esa era una labor desempeñada principalmente por el sacerdocio consagrado a Tezcatlipoca, en rituales sangrientos y «rituales de sangre», como los llaman algunos estudiosos de este tiempo. Pero también es cierto que no todos estaban de acuerdo. ¿De verdad crees que, siendo los sabios que son, hubieran hecho semejante cosa sin saber que, al hacerlo, transgredían los ciclos vitales y con ello la armonía natural que siempre han querido preservar?
El Maestro Sihs Raedhí se desplazó por los pasadizos y salones del Templo Mayor como quien se mueve por un lugar que conoce como la palma de su mano. Giró a la izquierda y se internó en un breve callejón escalonado. Inició el ascenso y esperó a que Macu respondiera. Ella notó su espera y, tras una breve pausa, dijo:
—Bueno, también hay quienes sabemos que las cosas fueron de otro modo; que para otro sector de la población el ritual del sacrificio era sobre todo simbólico y consistía en estar dispuestos a ofrendar su vida al estudio de las deidades, que en realidad son representaciones de los elementos de la naturaleza. Es decir, que se trata, antes y ahora, de un proceso formativo y disciplinado orientado a conocer las múltiples caras de la realidad, para así integrar y aplicar esos conocimientos en la obtención de plenitud en nuestro paso por este mundo, en cualquier época.
Una radiante sonrisa iluminó el rostro del maestro. —Sí —asintió con énfasis—. Ese es el punto. Como sabes, «sacrificio» significa «hacer sagrado algo». Así pues, el sacrificio humano consiste en elevar al género humano a un nivel que asocia lo sagrado, inmaterial y atemporal del alma —o la mente, como quieras llamarle— con lo terrenal de la experiencia humana. Un sagrado proceso que busque siempre la unificación de todos los seres en un «Algo»; un «Algo» que sea mucho más que la simple suma de sus partes: un Nosotros, un Todo.
Macu escuchaba atenta y reflexiva. El maestro hizo una pausa antes de continuar: —Tus ancestros, los Maestros Guerreros, en su calidad de «personas mayores», se encargaban de reconocer el potencial de los jóvenes a los que preparaban mediante y para la representación de las llamadas Guerras Floridas. Teatro Sagrado. Con ellas fomentan y cultivan una elevada espiritualidad entre sus estudiantes y entre la población.
Macu lo miró sorprendida, pero guardó silencio para que el maestro siguiera hablando. —Algunas de estas órdenes guardianas de sus respectivas tradiciones han estado aquí, en lo que hoy es la capital de México: el colegio de los Cuauhtémoc, asentados aquí en Tenochtitlán; el de los Nezahualcóyotl, en las orillas del lago de Texcoco; el de los Quetzalcóatl, en Teotihuacán, luego en Tula y más tarde también en la región del Mayab, Yucatán, conocido allá como Colegio de Kukulcán.
El maestro caminaba ahora con las manos entrelazadas tras la espalda. —Estos y otros colegios del continente y del mundo eran responsables de transmitir el conocimiento contenido en la tradición oral a las siguientes generaciones. Por ejemplo, en el Imperio Mexica existieron las Legiones de Caballeros Tigre. Una orden militar a la cual le correspondía la organización y conducción de diversas actividades, desde la economía hasta lo militar. Con el fluir del tiempo, al demostrar un sólido temple y una gran capacidad de mando, los Caballeros Tigre se convertían en Caballeros Águila, una Orden Sacerdotal. Verás, Macu —concluyó deteniéndose de nuevo—, en la expansión de los imperios influye la fuerza, sí; pero lo que los mantiene vivos y los vuelve poderosos es el desarrollo de su Inteligencia Colectiva.
—¿Y si los colonizadores no hubieran descubierto América? ¿Y si los imperios europeos no hubieran conquistado a los países que hoy integran nuestro continente? —preguntó ella con curiosidad.
El maestro Sihs Raedhí esbozó una leve sonrisa y respondió con su peculiar acento: —¿Cuál descubrimiento? ¿Cuál conquista? ¡Ellos no descubrieron nada! Hace muchísimo tiempo, los habitantes de la Tierra ya sabíamos unos de otros y recorríamos las diversas rutas para encontrarnos, respetando tratados de paz y honorables acuerdos de no dominar a otros pueblos. Macu, lo único que descubrieron los colonizadores fue la antidiplomacia.
Hizo un gesto de desdén con la mano y prosiguió: —Desde entonces, todos los imperios que quieren dominar recurren a los mismos métodos: desestabilización, conflictos internos, sofisticación del control… Por eso es necesario revertir todo proceso de dominación. Esa mentira del «descubrimiento» es parte de la ensoñación transmitida de generación en generación. La navegación interoceánica es antiquísima; solo había que conocer el cielo, las corrientes y navegar en dirección opuesta a la rotación de la Tierra, como si fueran siguiendo a las estrellas.
—¿Y cómo es que sabe usted todo esto? —inquirió ella, fascinada. Sihs sonrió de forma enigmática. —Sus espíritus milenarios lo que hacen es ayudarte a recordar… Lo sé porque, en esa generación, yo fui de aquí.
Macu lo miró y avanzó, cautivada por la luminiscencia espectral de las paredes, hasta llegar a la cúspide de la pirámide de Huitzilopochtli. Desde allí observó a sus amigos mexicanos a quienes conoció hace muchos, muchos años. Los miró con profundo amor; ellos sintieron su presencia y alzaron la vista, conectando sus miradas.
El Maestro Sihs Raedhí tomó suavemente a Macu del brazo para asegurarse de que pusiera atención a sus últimas palabras: —A pesar de lo aparente, el actual curso de realidad aún no es controlado del todo. Ni por ellos… ni por los pueblos en proceso de colonización. Así que aún es posible hacer algo para volver a ser lo que realmente somos. Mientras tanto, anda, sigamos al Sol.
Como águilas que emprenden el vuelo, regresaron a Bhavnagar. De pronto, súbitamente, como si despertara de un sueño en el que salta, Macu volvió a su cuerpo. Ella y sus amigos hindúes se levantaron, se miraron y rieron. Danzaron con las llamas del fuego y del sol.
Y así, giraron como giran los planetas, como giran el viento y el tiempo, y este cuento que cuenta que de tiempo en tiempo… CONTINUARÁ…

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