
POR H. ELIEL PÉREZ CERVANTES
Iniciando el siglo 21 en el conteo de la era romana, el neoliberalismo, ese nuevo totalitarismo financiado por las fuerzas del Mercado Transnacional y que usa al Estado Nacional como centro de operaciones, es un problema que tenemos en común las diversas sociedades en todo el mundo.
La reflexión sobre lo objetivo de su poder implica darnos cuenta de que aunque los ciudadanos vivamos aparentemente gobernados por la lógica del Estado y su legislación, en realidad nos rige la dinámica que determina el Mercado dentro de la cronometrada marcha de las relaciones de producción.
Pareciera exagerado decir que lo que estamos presenciando no es consecuencia de un devenir natural; sino que es, dicho en pocas palabras, una secuencia de dominación, una configuración alienante de la vida social, la cual dispone de una estructura que por diversos frentes y de diversas maneras opera para educarnos en ella, haciéndola funcionar y reproduciéndola de una generación a otra.
Bajo ese esquema se ha construido una realidad en la que es fácil ver a una ciudad como un centro comercial, a las personas como vendedores o compradores y a los automóviles como carritos de supermercado, un sistema en el cual la calidad de vida de las personas está en función de su poder adquisitivo.
En un sistema económico sin equilibrios ni racionalidad alguna como el neoliberalismo no hay proporcionalidad entre las causas y los efectos, es decir, no hay justicia, no es posible, pues se trata de una lógica ilógica en la que costo, valor y precio no tienen nada que ver, sino que están sujetos a los caprichos de la especulación.
Ahora imagina lo que pasa cuando ese nivel de locura pone a su servicio el funcionamiento de los gobiernos.
Sin embargo, no obstante todo eso, aunque exista un afán sistemático por controlarnos, en lo profundo de nuestra memoria filogenética (memoria evolutiva de las especies) está arraigado el registro de aspectos que nos vinculan directamente con el mundo real, por ejemplo nuestra relación con la naturaleza y con los otros; con el mundo social a ras de tierra más allá de la dinámica económica, más allá de la inercia político-institucional y mucho más allá de los casilleros ideológicos.

¿Pero cómo enfrentarse y oponerle resistencia a una realidad sintética que se ha hecho percibir durante décadas como lo más normal del mundo?
¿Cómo despertar y saber que la realidad no es otro sueño?
Solo es posible creer y confiar plenamente en aquello que es sustentado por la experiencia, así pues, las personas tenemos que constatar que los acontecimientos que van quedando registrados en la historia se corresponden con los de nuestra memoria personal; sólo que para ello debemos estar directamente involucrad@s en éstos, participando en ellos.
Justo ahora existe la necesidad real de espacios para la expresión y acción de la sociedad; los Nuevos Movimientos Sociales son exigencias de inclusión de la voluntad popular en la dinámica institucional, pues mientras las instituciones y la sociedad no cuenten con estrategias y espacios que hagan factible una democracia directa, los lugares comunes adoptados y adaptados para intervenir en ellas seguirán siendo los espacios públicos; la gente seguirá tomando, con legítimo derecho, las plazas públicas, las calles, etc.
Y no, el fin no es causar embotellamientos ni desquiciar ciudades; ese es el tratamiento que se le da por consigna a la protesta social en los medios masivos; la toma de espacios públicos es una opción de protesta, llevada a cabo ante la falta de atención a una demanda social legal e institucionalmente encauzada (no antes, como si fuera un fin en si misma, en cuyo caso no es un acto de protesta sino de agitación).
Y si bien su objetivo fundamental es llegar a la firma de acuerdos justos con la autoridad, otro de igual relevancia es causar un golpe de efecto en otros sectores de la ciudadanía (opinión pública) para hacerla partícipe del proceso del cual, directa o indirectamente es parte.
Otra repercusión de estos actos es la emisión de un mensaje implícito en su realización, esto es, que la organización y la cooperación entre vecinos, colonos, habitantes de una o varias ciudades, o bien, de uno o varios países, puede tener más peso que las decisiones tomadas por los grupos de poder.
Estas acciones pueden ser efectivos ejercicios de pedagogía social, siempre y cuando, insisto, no se utilicen como instrumento de agitación y desestabilización política. Todo el tiempo, eso sí, tenemos derecho a manifestarnos cuando y donde así lo decidamos. Los espacios públicos son públicos y para fines públicos, lo que la ciudadanía haga en ellos, siempre y cuando persiga un fin o una solución a un problema público, debe ser protegido por todas las leyes y todas las instituciones del estado.
La policía o el ejercito, si es que han de existir, no deberán dirigir en ningún momento y por ningún motivo la amenaza de sus armas contra la población. Los casos criminales pueden ser procesados con forma a ley sin tanta propaganda y gasto en armamento. La seguridad nacional comienza con la seguridad individual y grupal (y por lo tanto política) de los ciudadanos.

A inicios del siglo 21, ya no se justifica la existencia de ejércitos, en estos tiempos, cada vez menos se defenderá la soberanía ante enemigos externos en la forma de invasores armados, y cada vez más de estratagemas diplomáticas y económicas como nuevas formas y campos de la guerra. El militarismo pues, resulta ser otra consecuencia del capitalismo realmente salvaje. Por eso optar por la ruta violenta es caer en el mismo juego.
Y por eso, también, es necesario hacer una distinción entre estos y otros tipos de movilización social, como los que se dieron durante la llamada primavera Árabe. Una serie de acontecimientos causados y encauzados por la clase política opositora a los regímenes que han caído o están a punto de caer, y que cuentan con el claro apoyo de las élites militares de los países involucrados.
De acuerdo a testigos vivenciales de dichos acontecimientos, lo que se hizo fue aplicar estrategias de agitación que consisten en generar y capitalizar el descontento social, para producir escenarios de desestabilización política, social y económica, mediante el despliegue de células o grupos de choque que a su vez se infiltraron en las movilizaciones masivas para dar pie a la escenificación de disturbios callejeros que, a su vez, provocaron/causaron la intervención de los aparatos represivos del Estado. Dichos escenarios generalmente ocasionan el desgaste político del gobierno y una escalada de violencia en ambas direcciones. No se recomienda.
El problema con los disturbios inducidos de esa manera, es que al desembocar en la superficial remoción de algún funcionario público (del nivel que sea), pueda pensarse que la violencia puede emplearse como instrumento político, lo cual reduciría a un breve momento épico (protagonizado por los grupos de choque) algo que debería ser un proceso de planificación y construcción de la realidad, llevado a cabo por la sociedad en su conjunto.
El uso de la violencia como vía para alterar una determinada forma de gobierno no sólo es superficial sino también engañosa, pues en medio de la euforia subversiva, envalentonados entre la multitud podríamos no darnos cuenta de que estamos siendo usados para abrirle el camino a los nuevos usurpadores del poder público.
¿Qué opciones nos quedan?

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